#Reto12Votos – Semana 32 – Amuletos

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Hola Steemians!

Hoy os traigo un relato que he escrito para participar en el #Reto12Votos. @avellana nos retó a escribir un relato que hablara de “Amuletos” y aquí lo que se me ha ocurrido a mi:

El Meñique del Santo Demetrio

Tener a la condesa Laenatta entre sus brazos hubiera dado por cumplidos los sueños del joven de no ser por la extrema gravedad de la situación y las accidentadas circunstancias. Su delicado cuerpo yacía inmóvil entre el cuerpo del muchacho y los restos del asiento del carruaje. En un rápido movimiento instintivo se había abalanzado sobre ella para protegerla. Gracias a la proximidad de sus rostros y al frío de la tarde pudo comprobar que aún respiraba; debió de perder el conocimiento durante el accidente.

Trató de acomodar el cuerpo de la condesa en su asiento con la intención de salir de la maraña de tablas, lonas y astillas que apenas unos minutos antes habían formado parte de un hermoso y lujoso carruaje. Un latigazo de dolor cruzó su cuerpo obligándole a apretar los dientes para evitar un quejido que podría despertar a la condesa. Era mejor que permaneciera en su sueño hasta que evaluara la situación en la que se encontraban. Palpó con la mano su costado. No se sorprendió mucho cuando descubrió un trozo de madera asomando de su piel. No parecía muy grande, pero lo suficiente como para agarrarlo y, de un desesperado tirón, arrancarlo de su cuerpo. El dolor fue atroz. Entre sus dientes escapó un lamento ahogado, imposible de controlar. Cuando miró la astilla que se había arrancado y comprobó que la porción que se le había clavado era mucho mayor que la que había quedado fuera tuvo la certeza de que aquello no podría significar nada bueno.

Con no poco esfuerzo consiguió salir al exterior. El aire frío en mitad de aquel bosque nevado ayudó a despejar un poco su mente y recobrar energía. El carruaje había quedado totalmente destrozado al golpear contra un árbol. Miró hacia atrás, al camino recorrido, y pronto distinguió, entre el manto blanco, los oscuros ropajes de Damián, el cochero. Cuando llegó a su altura sintió como si su estómago se le diera la vuelta. El cuello del cochero estaba destrozado, casi decapitado. Debió de caerse bajo las ruedas del carro. Fue el relinchar del caballo lo que le ayudó a retirar la mirada de tan dantesca visión. Unos metros por delante de los restos del carruaje estaba tumbado el caballo. Pareciera que tratara de levantarse y algo se lo impidiera. Cuando el joven se acercó a la bestia pudo ver, sin riesgo alguno de duda, que tenía una pata rota. Volvió con el cochero y, tratando de no mirar su cabeza, rebuscó en su abrigo. Encontró la pistola con la que todo cochero cuenta para defenderse de posibles bandoleros y regresó junto al lado del caballo. Era hijo del mayordomo de los Condes y le gustaba jugar en las caballerizas, con los hijos de otros criados. Lo había visto hacer una vez, pero no era lo mismo cuando el arma la empuñaba uno mismo. No debía dejar sufrir a aquella noble bestia. Rezó a sus dioses una rápida plegaria para que con un solo disparo se acabara con su sufrimiento y apretó el gatillo. La cabeza del caballo cayó inerte sobre la nieve. Todo su cuerpo quedó inmóvil.

Mientras regresaba al carruaje, sintiendo la sangre caliente deslizándose desde su costado y empapando la ropa, pensaba en que, después de lo que había visto, no era tan desafortunado. Desenvolvió la faja que le habían obligado a ponerse, con el resto del traje de gala, tan vistoso como inútil en semejante día de invierno, y volvió a rodearse con ella la cintura, cubriendo esta vez la herida de su costado. Apretó todo lo que pudo para evitar perder más sangre.

Al asomarse entre los restos del carruaje encontró a Laenatta moviéndose; el ruido del disparo debió despertarla.

-¿Qué ha pasado? -Preguntó la joven condesa aún conmocionada.
-El caballo se desbocó y hemos tenido un accidente -Contestó el joven-. Debió de asustarse.

No quiso entrar en más detalles. Abundaban los lobos por aquellas tierras y aventurarse a suponer que habría alguno de ellos merodeando por la zona no sería de gran ayuda.

-¿Cómo os encontráis? -Inquirió a la condesa.
-¡Ay! – Se quejó ella al tratar de moverse-. ¡Mi pierna, me duele!

Al levantarse parte del vestido para mirar su pierna se percató de la sangre que empapaba sus caros y preciosos ropajes.

-¡Estoy herida!

El joven comprobó el estado de la pierna con toda la delicadeza que pudo. Ciertamente presentaba un fuerte golpe, pero apenas tenía unos rasguños. Él sabía que la sangre de su vestido no era de ella, pero tampoco quiso preocuparla con su herida. Se sacó un pañuelo del bolsillo, de esos que su padre le había enseñado que había que guardar para no usarlos; siempre impolutos y bien doblados. Improvisó un pequeño vendaje sobre los rasguños en la pantorrilla de Laenatta.

-¿Podéis andar? – Le preguntó temiéndose ya la respuesta.

-Me duele mucho. -Trató de apoyar su peso sobre la pierna herida-. ¡Ay!

El muchacho volvió a salir del carruaje. Las criadas siempre dijeron que era un chico listo; ya desde pequeño. Ahora era buen momento para demostrarlo. Pensó qué hacer.

-En unas horas anochecerá -dijo a la condesa-. Debemos llegar cuanto antes a Braldabia.
-No te preocupes -sentenció la muchacha-, pronto vendrán a buscarnos. No dejarán que yo pase la noche en este feo bosque.

El muchacho sabía que eso no iba a ocurrir. Nadie les esperaba en Braldabia, pues la condesa se había empeñado en dar una sorpresa a su prima. Y nadie les esperaba de regreso en la mansión de Cantalar hasta dentro de cuatro días. Cuando quisieran darse cuenta de su ausencia sería ya demasiado tarde.

De no haber sufrido el accidente hubieran llegado a Braldabia antes de que se cerrara la noche. Si siguieran el camino a pie tardarían más, pero la condesa no podía caminar.

Buscó entre los restos del carruaje tablas y correas y construyó algo parecido a un pequeño trineo. Volvió por la muchacha.

-Debemos partir a Braldabia -le dijo con toda la autoridad que pudo encontrar y que la ocasión requería-. Os llevaré en trineo.
-¡No puede ser! – Se quejó la muchacha al ver el trineo-. Ahí no puedo llevar mi equipaje; es muy pequeño.
-No podemos llevarlo. Es demasiado pesado. Ya vendrán a buscarlo.
-Espera, no puedo dejar esto -dijo mientras buscaba en un gran bolso lleno de ropa.

Y sacando una pequeña cajita de plata exclamó:

-¡El sagrado meñique de mi bisabuelo, el Santo Demetrio; el amuleto de la suerte de nuestra familia! Gracias a él que nos hemos salvado y estamos vivos.

Mientras el muchacho acomodaba a la joven en el trineo se preguntaba si en lugar de haber sido el amuleto un meñique hubiera sido el dedo índice tal vez se hubiera salvado Damián, el cochero. Tal vez hasta el caballo. No estaba muy seguro del valor del talismán, pero no se lo iba a discutir.

Protegió a la condesa del frío tapándola con una manta que encontró en el doble fondo de los asientos del carruaje y se abrigó a su vez con el chaquetón del cochero, mejor preparado para las inclemencias del invierno que la ropa de criado de rico que él llevaba.

Pasó las correas sobre sus hombros y comenzó a tirar del trineo mientras la muchacha apretaba con fuerza contra su pecho la cajita metálica y daba gracias al sagrado meñique por la suerte que habían tenido.

La herida ya no le dolía. No como antes. Sentía todo su costado y parte de la espalda entumecidos. A pesar de que la temperatura era tan fría que su aliento formaba nubes de vapor mientras resoplaba sentía cómo su cuerpo se empapaba en sudor. Parecía que había dejado de sangrar, pero cada paso que daba le provocaba una punzada de dolor.

La oscuridad fue apoderándose de los árboles sumergiéndolos en la penumbra de sombras grotescas y tenebrosas. Cada vez hacía más frío.

-Tengo frío -Se quejó la condesa-. ¿Falta mucho? ¿No podemos ir más rápido?

El muchacho calculó que, al paso que llevaba, no llegarían antes del amanecer a las puertas de la villa de Braldabia. Ignorando el frío, quizás por el efecto de sus heridas que le hacían sudar tan copiosamente, quizás por el esfuerzo que le hacía entrar en calor, quizás por el secreto amor que ciega a los jóvenes, se quitó el chaquetón del cochero y rodeó a la muchacha con él para que estuviera más protegida.

-Pronto llegaremos -mintió mientras volvía a recoger las correas y a tirar de nuevo.

De tanto en cuando, el muchacho se giraba para comprobar el estado de la condesa. Por suerte para ellos, la luna llena lucía con descaro en una noche sin una sola nube en el cielo, reflejándose burlona en la nieve completamente helada. En una de sus comprobaciones, y tras percatarse de que la chica se había dormido, tropezó con una rama y se dio de bruces contra el suelo. Si el dolor de su herida se había calmado, aparentemente, regresó con una violencia desmedida. Y no solo el dolor; la sangre corría de nuevo entre los pliegues de la faja que cubría la herida.

Se reprendió en silencio por su torpeza y luchó por seguir arrastrando el trineo. Cada paso que daba era una tortura, pero peor era pensar en que Laenatta sufriera más daño. Moriría por ella si fuera necesario.

Las horas pasaban angustiosamente. Le costaba distinguir el camino entre la nieve debido a la tenue luz de la luna y a que cada vez le costaba más enfocar su visión. Por el este comenzaba a dibujarse la tenue silueta del amanecer. Ya debían de estar muy cerca de Braldabia.

Aún no había salido el sol cuando llegó hasta él el olor a quemado. Su mente, agotada tras obligar al cuerpo a seguir caminando mientras ignoraba el dolor, trató de asimilarlo. Humo. Fuego. ¿Una chimenea? ¡Una casa! Aquella idea inyectó más adrenalina en su cuerpo y, con un último esfuerzo, luchó por alcanzar la vivienda que, por fin, consiguió localizar entre la niebla que cubría su visión.

Por fortuna para ellos, el dueño de la casa había salido al exterior con la idea de recoger algo de leña del cobertizo y avivar la cocina para el desayuno de la familia y los vio llegar. La forma de andar del muchacho, casi arrastrándose, y el bulto que arrastraba le hizo entender que tenían problemas. Corrió hacia ellos. Al llegar a su altura y comprobar su estado, agarró las correas del trineo y, sujetando como pudo al muchacho, les ayudó a llegar hasta la casa.

-¡Marta! -gritó-. ¡Marta, ayúdame!

La mujer salió corriendo mientras se frotaba las manos en el mandil, dejando un puchero sobre el fuego. Entre los dos metieron en casa a la accidentada pareja.

-Estás helado, muchacho -le dijo el hombre mientras le frotaba los hombros-. Ven, siéntate junto al fuego.

Ayudó al joven a sentarse en una silla de amplio respaldo y lo cubrió con una manta para volver con su mujer y la muchacha quien, con el jolgorio y tanto movimiento, se había despertado. Aún apretaba con fervor la cajita de plata mientras exclamaba:

-¡Gracias al Santo Demetrio que estamos a salvo! Sabía que nada podría ocurrirnos mientras portara su reliquia.

La condesa Laenatta ya estaba poniendo al tanto de su identidad e historia a la familia, quienes se sintieron impresionados por tan importante e inesperada visita. Marta, alarmada y pensando que el muchacho que había traído a la condesa también sería de alta cuna, le ordenó a su marido:

-¡Zisit, pedazo de torpe; ofrece un licor al joven caballero para que le ayude a entrar en calor!

Rápidamente, el hombre corrió a la cocina y volvió con un vaso y una botella en sendas manos. Vertía el contenido de una en la otra mientras caminaba y con las prisas iba derramando por el suelo parte del licor.

-Beba un trago, joven señor -le dijo mientras le ofrecía el vaso con un gesto de su mano.
-Es mi sirviente; no un señor -aclaró la condesa-, pero puede ofrecerle el vaso; se lo ha ganado.

El muchacho no la oyó. Tampoco vio el vaso que le ofrecían. Sus ojos miraban vidriosos, sin ver, la danza juguetona de las llamas. Zisit pasó su mano con delicadeza por el rostro del joven cerrándole los párpados y, ofreciéndole un mudo brindis, apuró el contenido del vaso de un solo trago.

¡Buff! Si has llegado hasta aquí ¡enhorabuena! Espero que te haya gustado. Lamento si se ha hecho muy largo; me cuesta escribir relatos cortos.

Puedes acceder a estos retos a través del grupo de Discord de @Radiosteemit https://discord.gg/6rFBHs

Por favor, déjame tu comentario. Gracias.

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